Aunque parezca una gilipollez y algo tan obvio que nos merecemos estar pegándonos cabezazos contra la pared durante 15 minutos sin parar, lo primero que debemos tener en cuenta cuando planteamos una campaña de marketing (online, offline o de gritar el precio de las bragas en el mercadillo, me da lo mismo) es que nosotros no somos el público objetivo. Es taaaaaaan fácil sentirse tentado y pensar: “a mí me gustaría esto o me gustaría aquello”… Pero  a ver, vamos a pensar un minuto: ¿Tenemos un poder adquisitivo medio-alto o alto? ¿Vivimos en una ciudad de más de 500.000 habitantes? ¿Tenemos un coche y un móvil de gama alta? Y lo más importante… ¿Tenemos un barco? Si la respuesta es No, pues ni puto caso a nuestra voz interior.

O casos en el otro extremo… ¿Estamos en la universidad? ¿Vivimos en un piso compartido? ¿Organizamos nuestro calendario vital en base a festivales de música? (vale justo, esta…) ¿Somos Milennials? Y lo más importante… ¿Queremos comprar online una riñonera para ir de festi? Pues a callar nuestra voz interior.

A muchas personas les cuesta muchísimo separarse de su imagen mental propia como target de cualquier cosa que hacen. Mi forma de aproximarme a las campañas tiende a ser la contraria (a no ser que esté 100% definida en el target- incluyendo el Mini rojo): Este producto no es para mí, no me interesa en lo más mínimo y no sé quién es el friki que se dejaría la pasta en comprarlo. Eso con, respeto, claro, pero es una forma de alejarme completamente de aquello que vamos a intentar vender para ver si, desde la distancia, soy capaz de entenderlo mejor o de saber cómo es la persona a la que le puede interesar.

En el momento en el que nos incluimos correcta o incorrectamente en un grupo de público objetivo, podemos dejar que nuestros propios sesgos, prejuicios o experiencias nos aparten de lo que realmente importa en esa campaña, que es la persona que al final se terminará gastando la pasta. A mí me da igual si el copy utiliza ‘festi’ o ‘festival’ porque no me voy a comprar la p**a riñonera, ni estoy en la universidad ni soy millennial, así que mis opiniones personales no importan absolutamente nada. Y así, con todo.

Por tanto, esta es mi antimetodología para abordar los públicos de mis campañas:

  1. Fase de distanciamiento. Ese producto no me interesa, no lo compraría. Tampoco conozco a nadie que estaría dispuesto a comprarlo.
  2. Fase de conocimiento. Ok, a mí no me interesa pero seguro que a alguien sí. Rebusco en la información que me ha dado el cliente. ¿A quién tiene en mente? ¿Cuántos años tiene? ¿Cuánto gana? ¿Cuáles son sus prioridades vitales? ¿Cómo compra? ¿Qué hace en su tiempo libre? ¿Qué le preocupa? ¿Tiene hijos? ¿Mascota? Y cuanto más sepamos, mejor
  3. Fase de robotización. Con todos esos datos, y solo entonces, nos hacemos un retrato robot del target del cliente. Y también solo entonces, podemos preguntarnos. ¿Conozco a alguien así? Entonces sí que podemos plantearnos qué le mola o qué comentarios hace ese colega nuestro que hemos tenido en mente desde el primer momento
  4. Ah, y también puedes plantearte si tú encajas en ese retrato robot. Solo con que haya una condición que no cumplas, un mute a tu voz interior y la campaña saldrá mejor.

Si fuera una gurú, haría un jpg con todo esto, pero no soy gurú y tengo demasiado trabajo 🙂