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Una de las cosas que he aprendido este verano es que las personas necesitamos vacaciones y yo no las he tenido. Llego a finales de agosto agotada mentalmente, con ganas de salir corriendo ante una rutina convertida en una cuesta arriba tremenda. Es un poco la tónica de 2016, un año que ha servido para ir acumulando preocupaciones, sufrimientos y movidas que se han ido enredando hasta terminar formando un amasijo que es complicadísimo deshacer. Pero lo desharemos y nos iremos de vacaciones. El último trimestre tiene que servir para poner orden a lo que empezó en caos y para deshacer el amasijo, radial en mano, y excarcelarme de tanta mierda.

Desde que empecé a trabajar por mi cuenta no he tenido nada de término medio en esto de las vacaciones. No me puedo permitir vacaciones, no puedo dejar dos semanas las cosas por hacer y al final, la única manera posible de estar unos días alejada de todo es irme a otro país, sin ordenador, sin wifi en el hotel y, algunas veces, ni siquiera así puedo alejarme de todo. Hablaba el otro día de la carrerilla y aquí estoy, adelantando trabajo por tercer domingo consecutivo para poder acumular la carrerilla suficiente. Eso me lleva a plantearme cuál es el precio real que pago por irme de vacaciones y entonces el amasijo se hace más gordo y más espeso. Pero las personas necesitamos vacaciones.

No volver a dejar el deporte, no volver a coger un vuelo con el portátil a cuestas, hay tantos “no volver a” que a veces me asusto solo al leerme.

Ah, que sí. Que he cambiado el blog y ahora esto va a ser un lío. Un día que tenga tiempo y ganas explicaré por qué lo he hecho. Y la foto es de lo único parecido a vacaciones que he tenido este año, que han sido cuatro días en el País Vasco pendiente de que la elección de las cortes 2017 saliera bien y con el portátil y el curro a cuestas. Una fiesta.