Llevo un par de noches casi sin dormir. Me despierto de repente por culpa de alguna pesadilla y ya no hay manera humana de volver a pegar ojo. Hoy, por ejemplo, llevo haciendo la croqueta desde las cinco y media de la mañana. Durante ese tiempo que me paso dando vueltas en la cama e intentando hacer algo parecido a conciliar el sueño tengo tiempo para pensar y pensar es precisamente lo que estoy intentando evitar.

Hace meses que pienso que 2016 ha sido un año horrible, el peor, pero justo en esos momentos de dar vueltas el la cama y de acabar aburrida hasta de mis propios pensamientos me he dado cuenta de que no, de que 2016 ha sido el mejor, posiblemente el mejor de los peores, pero ha habido algo que lo ha hecho bueno. Este ha sido (no es que lo dé por acabado, pero doy por hecho que nada va a cambiar en los 17 días que le quedan) un año de sufrir, de sufrir muchísimo, y de prácticamente no disfrutar nada.

2016 ha sido un año profesionalmente brutal, de aprender y de crecer montones y cada día. No recuerdo cuándo se empezó a acelerar todo, pero de repente los meses de picos de trabajo eran todos los meses. Ahora falta afianzar todo eso, reposarlo y empezar a trabajar mejor. Han sido meses de dejar las herramientas digitales y volver al papel, de aprender a organizarme primero (lo estamos consiguiendo) y después ya buscaremos si hay alguna herramienta que se puede adaptar a mi forma de trabajar. Y sí, han sido meses de trabajar los sábados y los domingos, pero en ese sentido ha merecido la pena.

Personalmente es donde se tuerce la cosa. Ha sido un año de encierro, de tener que coger aviones para poder respirar un poco, de coleccionar llamadas perdidas, de parada en boxes y llevarme el susto de mi vida. Justo por eso, porque el susto fue un susto, 2016 ha pasado de ser un año de mierda a ser un año fantástico. Me ha costado bastantes meses darme cuenta de eso, de que lo consideraba malo en realidad es más que bueno precisamente porque terminó bien, pero también me ha costado meses darme cuenta de que probablemente toda esa experiencia me haya cambiado. Y mucho.

Así que estos 17 días que quedan, que pase lo que tenga que pasar. Me da igual. Este año ya he tenido mi porción de sufrimiento, de llorar hasta tener los ojos hinchados, de descubrir cosas y lugares nuevos, de volver a enamorarme de mi ciudad favorita, de patearme Castellón con otra perspectiva, de asumir problemas y marrones que no me correspondían, de reencontrarme con canciones que me alegran el día, de enfrentarme a retos enormes, de emocionarme al ver el trabajo hecho, de terminar con moratones, de ser fuerte. Ojalá en 2017 no tenga que preocuparme tanto por ser fuerte.