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Una de las cosas más divertidas de las redes sociales es que la gente se cree que te conoce y se cree que sabe de lo que hablas. Generalmente uso en redes sociales un tono gruñón, malhumorado y apocalíptico y eso no quiere decir que esté pasando nada. Cada uno decide cómo es el personaje que se quiere montar y a mí me gusta el mío, que ya es bastante.

Generalmente me quejo de pequeñas cosas que me han pasado a lo largo del día, de lo agobiada que voy porque O.D.I.O. (sí, en mayúsculas) ir de un lado para otro y no tener tiempo para mí misma, también me quejo de esas cosas que me pasan y que no suelo contar y a veces pataleo sobre el trabajo y sobre algunas irracionalidades con las que nos toca lidiar (exactamente igual que otros lidian con las nuestras, queridos/as). Una pista: casi nunca hablo de cosas de fiestas. Es una parcela de mi vida que prefiero mantener al margen de mis redes sociales, exactamente igual que evito salir en las fotos siempre que puedo.

Estas semanas han sido muy intensas por un par de cuestiones de trabajo y por un par de cuestiones personales que prácticamente se han terminado solapando. Y las que vienen serán aún más intensas y habrá pataleos, y cosas que se me caen al suelo, y la incomprensión de siempre con algunas actitudes y mis eternos cabreos con diferentes algoritmos. Lo más normal es que no lo cuente, o que lo ponga con una canción o con algo que no tiene nada que ver. Lo más normal también será que muchas cosas se interpreten en relación con cualquier otra cosa que no tiene nada que ver, pero la verdad.. Me da lo mismo, yo creo que me entiendo y digo creo porque a veces releo mis entradas de mis diferentes blogs un tiempo después y ni siquiera yo misma sé de qué estoy hablando.

Me sabe mal lo abandonado que tengo el blog, pero como lo tengo todo abandonado ya se enmarca en la tendencia general. El mayor problema es que de las cosas que realmente escribiría es mejor no hablar.

Hala, que solo que quedan 30 días a esta caca de año