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El viernes hubo un rato para tomarme un café con Vanesa. Luego tenía que irme a enterrar la carpeta marrón y cambiarla, al menos por el momento por otra de otro color. Siempre tengo carpetas y cuadernos porque siempre hay cosas entre manos, siempre hay historias y siempre vamos empalmando momentos.

Un café y hablar. Ya dije hace unos días, la última vez que escribí, que últimamente pienso demasiado y apenas hablo. No tengo ganas de hablar, ni de contar las cosas ni de dar explicaciones de nada. Solo me apetece pasar por las cosas de puntillas, aunque algunas no se pueden dejar pasar y es necesario reposarlas, asumirlas, digerirlas y, si hace falta, cagarlas o vomitarlas. Somos humanos, joder.

En breve hará tres años que empecé a trabajar por mi cuenta y ahora, que estoy agotada, veo que las cosas cambian más rápido de lo que pensaba. Llevo meses frenéticos, de pasarme domingos enteros delante del ordenador porque la vida de lunes a viernes es demasiado veloz. Sé que todo esto es lo que tengo que hacer, pero también sé que en algún momento tendré que parar. Y cuando llegue el momento, si llega, pararé.

Por el momento, está a punto de llover, me espera un infierno de semana laboral porque tengo que dejarme hecho casi todo el trabajo para poder irme a Japón, sigo con dolor de estómago desde el viernes y he descubierto otra colonia de cochinillas en unos graptopétalos que hasta ahora habían respetado. Así son los días