agendas

Igual que cuando estás mal, un día te levantas y mientras te lavas los dientes o te pones las lentillas te ves en el espejo y te das cuenta de que todo ha pasado y de que ya estás bien, cuando vives tiempos frenéticos, una mañana te das cuenta mientras te secas el pelo de que esa persona que hay ahí en el espejo no tiene nada que ver con la que había antes.

Creo que los últimos seis meses siempre serán los que más me han cambiado. Los meses de que las cosas se revolucionen de un día para otro, que los planes se deshagan, se reinventen, de leer palabras en informes que preferirías que nadie tenga que leer nunca. Cuando compramos los billetes para Japón, todavía en junio, sabíamos que el viaje sería como una pantalla de final de nivel y que lo que viniera después estaría lleno de nuevos retos.

Ahora, domingo por la tarde con poca luz, cafés descafeinados y kitkats de cheescake, música tranquila un boli azul de Muji de esos que se borran (gracias por la recomendación, Llopis) y una carpeta llena de formularios por rellenar. No sabemos qué nos traerá esta nueva fase, pero sí que empieza a hacer frío, que las cosas a veces se tuercen y que si quieres recuperarte demasiado deprisa de las cosas malas, puede que se te olvide recuperarte o procesar las cosas con la distancia y la sensatez que requieren. Por eso los kilómetros eran tan importantes. Pateos infernales, cervezas a precio de oro, rascacielos y la película de los últimos meses pasando prácticamente por una de las pantallas fluorescentes de Shibuya. La vida también era eso.

Ahora tengo tres agendas porque todo requiere una visión global. Todo lo que va a pasar en un mes, en una semana o en un día. Formularios, bolis borrables, informes y cuentas y más cuentas. Y todo se junta con otro momento de cambio en el trabajo. Te das cuenta de que todo empieza a ir bien por fin, pero no puede terminar de ir bien porque hay gente que exige responsabilidad a los proveedores pero la olvida como cliente. Eso es un puto asco y una puta lacra, lo que hace que tengamos que hacer entre dos el trabajo de tres, llegar a la oficina a las siete de la mañana y estar delante del ordenador un domingo por la tarde intentando ganarle unas pocas horas al lunes porque, si no, la vida se vuelve imposible.

Y tal vez eso es lo que más ha cambiado en los últimos meses, que creo que por fin estoy aprendiendo a decir que no, a elegir qué merece la pena y qué no la merece, cuáles son las cosas que al final van a terminar llenando los huecos de esas tres agendas. Si es que me acuerdo de apuntarlas, claro 😉

Feliz semana